Cosas que importan.

/ admin / Comentarios Inteligencia emocional

“Parte del tiempo se nos arrebata, parte se nos quita sutilmente y parte se nos escapa. Pero la pérdida más vergonzosa es la que ocurre por negligencia». Séneca

Hace unos meses que me ha dado por mirarme algunos libros que siempre habían andado por casa y a los que apenas había prestado atención. He pensado que quizá este desinterés se debía precisamente a esto, que siempre habían estado ahí. Puede que esta sea la misma razón por la que a veces no nos ocupamos mucho de algunas personas, algunas cosas o incluso de lo que hacemos con nuestro propio tiempo. Como siempre han estado ahí, los valoramos menos. Es como si su valor de mercado disminuyera ante la ausencia de escasez.

Un gran error, que a veces está en el origen de derrumbes emocionales irreversibles cuando perdemos aquello que en su día no supimos valorar.

Hoy ha caído en mis manos un libro que contiene algunas cartas que Séneca escribió a su discípulo Lucilio y que me parecen auténticos tesoros de vida. Dice Séneca:

 “…Cada día el hombre muere un poco, pues cada porción de vida que queda atrás pertenece ya al dominio de la muerte”. Pero añade algo aún más inquietante: “…de todas las horas que nos han sido robadas, la pérdida más vergonzosa es la que acontece por negligencia”.

Y lo que más llama mi atención, no es la referencia a la muerte, sino esa acusación de negligencia. No se refiere al tiempo que nos quitan las enfermedades o los azares de la vida, sino al que es vivido sin atención, sin conciencia, ni siquiera con torpeza deliberada. Es decir, al tiempo que dejamos que se pierda sin mostrarle un mínimo aprecio. Parece que sólo cuando ocurre algo grave en nuestra vida caemos en la cuenta de que aquel tiempo era limitado, vulnerable y frágil.

Ninguna experiencia traumática viene con un libro de mensajes ni de revelaciones que, de repente, nos introduzca en el mundo de la sabiduría. Lo que sí logran a veces estas experiencias es interrumpir. Romper la continuidad con la que uno se dejaba arrastrar  y ayudarte a ver con otros ojos algunas cosas en las que no habías reparado. Pensar, por ejemplo, en palabras dichas por sabios como Séneca.

Ante esto se me ocurren dos reflexiones.

La primera: si un extraño intenta cruzar el umbral de nuestra casa y apoderarse de una habitación sin permiso, llamaríamos a la policía, pondríamos cerrojos o haríamos lo que fuera necesario para defender nuestro espacio. Sin embargo, cuando alguien consume nuestro tiempo tendemos a mostrarnos mucho más dóciles.

Séneca dice: “Nadie permite que otros invadan su propiedad, pero todos permiten que otros invadan su vida”. Tal vez no nos demos cuenta, pero cuando alguien acomete nuestro tiempo con conversaciones ajenas, comentarios malintencionados o exigencias sin sentido, nos está robando ese bien irrecuperable que es el tiempo.

La segunda reflexión requiere cuidado. Una lectura superficial de todo esto puede hacernos caer en la trampa del egoísmo y convertirnos en “avaros del tiempo.”

Existe una diferencia esencial entre perder el tiempo y entregar tu tiempo. Dedicar conscientemente nuestro bien más preciado a otra persona, a un objetivo o a cualquier misión que merezca la pena no es una negligencia. Es un acto de amor además de una acción de soberanía sobre uno mismo. Entonces podemos asegurar que el tiempo consumido adquiere todo el sentido.

 Algunas personas parecen encerrarse en sí mismos y sus propias vivencias como si estuvieran aprovechando al máximo su tiempo cuando sin darse cuenta se meten en una espiral de hedonismo y terminan por confundir la felicidad con el placer. Se olvidan de que a veces existe un precio que pagar cuando se ama, cuando se aprende o cuando se adquiere un compromiso. Se convierten en esclavos de su propio egoísmo y terminan perdiendo toda la soberanía sobre su propia persona.

Antoine de Saint-Exupéry lo expresa muy bien en El Principito: «Fue el tiempo que pasaste con tu rosa lo que la hizo tan importante». Tal vez no solo haga importante a la rosa, sino también al hecho de estar con ella, porque lo convierte en una verdadera acción de amor.

Imagino que si, al final del camino de nuestra vida, tuviéramos que responder sobre qué hicimos con nuestro tiempo —ese bien que nunca fue del todo nuestro—, podríamos hacerlo con toda serenidad diciendo:

Lo gasté haciendo todas estas cosas que son… “COSAS QUE IMPORTAN” ¿Y cómo lo hice?Lo mejor supe: con amor.

AMOR, con mayúsculas.

Deja tu comentario:

Se el primero en escribir un comentario.

Escribir un comentario: