El pelo del duque.
/ admin /Javier Bris Pertíñez
Si no fuera porque se trataba de un cráneo noble y si no fuera porque se trataba del único pelo que habitaba en aquella despoblada, aunque ilustre, cabeza, entonces Luisito —como así llamaba don Luis Gómez de las Parcelas al único pelo que todavía le quedaba— no sería un pelo tan maleducado.
Luisito era como uno de esos hijos únicos y malcriados que vienen a paliar las desesperanzas de los últimos años fértiles de un matrimonio entrado en edad.
¡Luisito era un pelo rebelde, sí! ¡Un pelo desconsiderado! Sentía cómo don Luis Gómez, duque de Villaseca y El Cubillo y heredero de una gran parte de la serranía alcarreña, le miraba cada mañana con ojillos expectantes y le esparcía aceite anticaída por el medio de su tronco, haciéndole, por cierto, bastantes cosquillas. A Luisito esto le divertía mucho; le gustaba que le acariciasen, que le embadurnasen en aceites, en cremas protectoras y champús especiales. Incluso su dueño, el duque, le hablaba a veces de un gran futuro y le prometía un brillante porvenir si se aplicaba bien y aprobaba todas las asignaturas del colegio «Los Padres Folículos», para el que le había solicitado plaza.
Sin embargo, don Luis tenía cada mañana una tremenda discusión con su querido… pelo único. Esta venía cuando le preguntaba, casi siempre temeroso:
—¿Me dejas ducharme, Luisito?
¡Todo un duque pidiéndole a él permiso para ducharse…!
—¡Pues no! Hoy hace mucho frío —contestaba Luisito con tono altivo.
—Pero, Luisito… ¿no ves que tengo una reunión con el marqués de Viñuelas y el alcalde de Guadalajara? ¡Van a pensar que soy un cochino!
—Mira, Luis —porque Luisito tuteaba a su dueño en la intimidad—. No te pongas pesadito porque estoy bastante cansado, así que, si me lavas hoy, lo mismo cojo y me caigo por tanto estrés.
—¡No, por Dios! ¡Luisito, no me hagas eso! Ahora mismo te voy a comprar unas vitaminas buenísimas que anuncian en la radio. Se llaman Felicín y dicen que con ellas ningún pelo está triste.
—Pues no sé qué haces, Luis, que no me las has comprado todavía.
—Pero, hombre… digo… ¡pero, pelo! Es que lo he escuchado esta mañana. Hoy es domingo y no abren las farmacias.
—¡Pues se busca una farmacia de guardia, que una urgencia es una urgencia! —contestó Luisito, tan altivo y arrogante como siempre.
La verdad es que el pobre duque no había tenido mucha suerte con sus pelos. La mayoría de ellos le habían sido infieles o le habían abandonado cuando él era apenas un pobre adolescente con acné. Después le quedaron algunos: lo que podría llamarse una colonia de diez o doce pelos fieles. Pero era tanta la responsabilidad a la que su dueño les sometía con todas aquellas reuniones nutritivas, sesiones de permanente y jornadas de rizado, que fueron cayéndose uno tras otro, quedando solos don Luis y su cráneo.
Hasta que llegó Luisito, un pequeño pelito que con sus primeras muecas, pucheros y ajitos se convirtió en la delicia del duque. Luisito le hizo tan feliz con su nacimiento que el pobre duque no sabía qué hacer para que este no le abandonase también y le volviese a dejar solo ante el espacio vacío, ante aquel terrible abismo, ante aquella severa desazón que produce la soledad que siente un hombre cuando le abandona el último testigo de aquella persona joven que una vez fue.
Javier Bris Pertíñez

