El gran viaje.

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RELATO FUTURISTA

                                            

1

 Son las cuatro de la tarde, un joven médico sube por fin al autobús, hace horas terminó su guardia. Hubiera deseado marcharse antes a casa pero las necesidades del servicio se lo han impedido. Busca acomodo mientras se agarra a una barra de sujeción. El autobús retoma su marcha y encuentra un sitio al final.

– ¡Al  fin me siento! Piensa.

 Un rayo se filtra a través del cristal y esparce un halo de luz a su alrededor. Mira la calle, están pasando junto a un parque y  varios ancianos charlan en corrillo.

 ¡Cada vez más abuelos! Quizá pronto el mundo sólo tenga personas mayores…

 Entre  la hierba han crecido cientos de  flores amarillentas y tubulares, es primavera y seguro que estarán llenas de  pequeños frutos circundados por vilanos blancos, para darle así, como en un tapiz de  diminutas lágrimas de algodón, un aspecto encanecido

2

El viejo está sentado en su rincón, hace tiempo que apenas se mueve de la cama al sillón. Frente a él hay una ventana amplia, con reclinarse un poco adelante puede distraerse mirando el paisaje, sin embargo si se inclina hacia atrás es su cara la que ve reflejada. A veces lo hace y apenas  reconoce una frente llena de surcos que son la antesala de una casi transparente hilera de cabello despeinado y una nariz aguileña en cuya punta penden milagrosamente las mismas gafas de siempre, grandes y protectoras para unos ojos que, alguna vez estuvieron llenos de vitalidad y que hoy, sin embargo, parece que rendidos preguntan ¿Era esto lo que esperabas?

  Había pensado muchas veces en cómo sería el futuro, ha visto decenas de películas de viajes en el tiempo con  máquinas voladoras y misteriosas capaces de mezclar los conceptos  espacio y tiempo. Con fantásticos atardeceres de colores futuristas y espaciales, ropas en tonos blancos y metálicos, peinados extraños y casi ridículos que intentaban imitar modas que jamás llegarían y nombres propios que suenan a galaxias y antiguos dioses griegos.                                                              

 Año 2054

   El Sol es el mismo de siempre, luce orgulloso sin permitirse apenas mirar por nadie. La capa de ozono estratosférico continúa existiendo aunque es cada vez más delgada y precisa la  ayuda de algunas centrales generadoras. Lo que hace treinta años parecía un proyecto prometedor, se ha convertido tras el impulso dado por China (la primera potencia mundial) en lo que todos coinciden en llamar el descubrimiento del siglo.

 Los últimos tiempos han sido decisivos en el progreso de la humanidad. Al empezar el milenio algunos decían que  vendrían catástrofes y epidemias, desaparecerían muchas especies animales y el mundo se detendría ante la falta de combustible. Era verdad que por fin ha dejado de existir el petróleo y con él los procesos antiguos de combustión.

La gente se desplaza a pie, en transporte subterráneo o en pequeños autos desprovistos de capacidad contaminante que cuentan  con un sistema de autogeneración energética cuya potencia está personalizada y  varía en función de la capacidad de cada usuario para cumplir las normas de tráfico en un intento de compatibilizar el avance científico y la ley.

  Se han descrito avances en todos los campos del hacer humano como la medicina… hay  vacunas como la del VIH que llevan años incluidas en los calendarios vacunales  y están a  punto de hacer del SIDA, aquella enfermedad que alguna vez pareció una maldición divina, en el recuerdo de algo completamente extinguido del planeta. Por otro lado, los microtransplantes celulares se realizan de forma rutinaria en todos los hospitales, han conseguido que la diabetes, la enfermedad de Párkinson  o el Alzheimer dejen  de ser  determinantes en la vida de la gente.  La genética; otro de los grandes valores que definen el progreso del siglo actual se ha fundido con otra disciplina mucho más antigua, la ética. Surgiendo la gene-ética, un valor puro y nuevo que define a la persona de este tiempo como un ser verdaderamente avanzado en el universo.

 Alejandro mira a través de la ventana, en otro tiempo ejerció como médico de familia, una especialidad que vivió desde sus comienzos, aún  lo recuerda como una experiencia ilusionante. Hoy se encuentra más cansado, siempre ha sido un hombre de gesto pensativo.

Viene a su mente la imagen de Mariano, el primer paciente terminal que atendió en el domicilio. Recuerda la primera vez que acudió a consulta. Aún vestía su uniforme de conductor de autobús, iba acompañado por su mujer, estaba irritable y aseguraba no entender qué hacía allí. Desde ese momento se abriría, como en un imaginario pistoletazo de salida, su particular vía crucis. Recuerda como era Mariano al principio y como estaba al final, sentado en el sillón de un pequeño salón, casi inmóvil y de aspecto quijotesco con la nariz delgada, la piel luciendo un tono bronce pálido y una frente tremendamente prominente. Hablaba despacio; en ocasiones parecía decir cosas sin sentido, otras veces estaba mucho más locuaz y Alejandro, ese joven médico inexperto pero lleno de la mejor voluntad escuchaba atento:

“ La  vida es como un círculo, siempre terminas volviendo al principio; pensando hacia adentro, escuchando tu voz interior que es quien  marca tu comportamiento, tus miedos y tus ilusiones como una droga potentísima que te arrastra, como quien cae en  un abismo.”

 Aquellas parrafadas generaban en Alejandro cierta inquietud. Recuerda, como si hubiera sido ayer, los últimos días de Mariano. Estaba inquieto y parecía querer decirle algo, pero no le entendía, hubiera querido despedirse y  decirle que había hecho todo lo posible,  que estaba a su lado y continuaría así hasta el final. Hubiera querido decirlo pero, un día al llegar al trabajo, alguien le comunicó que aquella misma noche su paciente Mariano Díez Expósito había fallecido.

3

 Alejandro disfruta viendo pasear a la gente. Después de décadas de alerta sobre los efectos nocivos de los rayos ultravioleta han cambiado muchas cosas en las costumbres cotidianas, las personas caminan con amplias gafas de cristales oscuros que cubren  buena parte de su cara, viste colores claros con  mangas largas y amplias, además de pantalones anchos que llegan hasta algo por debajo de los tobillos. No sólo no está de moda lucir la piel bronceada, sino que la palidez en el rostro es un signo de buena salud. Las mujeres, siempre vanguardistas, caminan con una mascarilla blanca al estilo de las que aparecían en los antiguos dibujos orientales. Ir  de vacaciones a la costa y tumbarse a la orilla del mar no es ahora lo que podría decirse “una costumbre aconsejable”. Lo mismo que sucede con los deportes al aire libre cuyas medidas de  protección, como no podía ser de otra manera,  están reguladas por la ley.

 Alejandro ha hablado hoy con su hija Laura, ella también es médico de familia. Hace  más de dos décadas que completó sus seis años de especialización. Ahora es  la rama de la medicina que goza de mayor reconocimiento. Resulta que  después de las corrientes genetistas y ultraespecializadas había nacido una nueva moda llamada “humanista integral”, a partir de la cual surgieron corrientes que depuraron a la medicina de familia de su carga burocrática y  masificada para centrarse en la comunicación y la calidad de la atención. De hecho era,  desde hacía mucho tiempo, la especialidad más prestigiosa y la más solicitada por los jóvenes licenciados.

  Laura vive a cientos de Kilómetros de su padre, aunque se ven a diario a través del teletransmisor, hoy está preocupada por él. Esta mañana  le encontró adormilado, con aspecto descuidado y hablaba de una forma pausada, casi disneico. Además, esa vieja  pantalla de cristal líquido estaba volviendo a fallar. Alejandro se negaba en redondo a que fuera cambiada por otros sistemas más modernos.

―¡Pero papá, si es muy sencillo! A esa misma ventana por  la que  te gusta mirar se le añade un filtro de iridio transparente, tendrás un código de luces que te indicará  que alguien quiere ponerse en contacto contigo. Tan solo tendrás que apretar una vez el botón verde si quieres contestar y dos veces si permites que se te vea. Además podrás mandarme por vía telemática las muestras biológicas que te solicite y sabré como te encuentras realmente. ¿Te parece complicado?

―Laura, ¡No quiero más aparatos en mi casa!

 Laura  conoce bien a su padre,  sabe cuando no debe insistir en algo. Se promete a sí misma volver a tocar el tema en otra ocasión.

―Al menos… ¿Me dejarás mandar a un técnico que revise tu vieja pantalla?

―Hazlo si quieres, pero  que venga pronto porque voy a acostarme.

Alguien llama a la puerta, el monitor indica que se trata del técnico

―Llamé ayer. Se escucha  la voz de Laura antes de  la despedida.

Alejandro ordena abrir la puerta, aparece un individuo con mono azul claro que sujeta un maletín rectangular. Junto al hombro derecho lleva pegado un identificador con su código de seguridad.

―Me ha indicado su hija que el comunicador transmite con un dos por ciento de distorsión. Voy a  ejecutar el programa de búsqueda y  mandar los datos a la central.

El viejo mira a aquel hombre trabajar, parece buena persona. En otro tiempo le habría ofrecido café o hubiera buscado alguna propina en su bolsillo pero hacía diez años que desapareció el dinero. Todos los pagos se hacían por transferencias a cuentas virtuales y también estaba prohibido ingerir ningún alimento en lugares carentes de la debida autorización.

―¡Aquellos pequeños placeres! ― Piensa Alejandro.

Pasan varios minutos, el técnico revisa los circuitos del transmisor, mira de reojo al viejo. Este sistema es muy antiguo, quizá más que su dueño, piensa.

 ―Arreglado. El reprogramado tardará treinta minutos. Me gustaría quedarme a comprobarlo pero aún tengo varios avisos… Esta es la peor época.

El hombre parece agobiado, Alejandro siente que algunas cosas no cambian nunca. Por alguna razón advierte que comprende a aquel individuo.

―Si hay problema, se lo haré saber, contesta Alejandro en un intento de sonrisa

―Parece usted muy cansado.  ¿Se encuentra bien? ¿Quiere que llame a su hija?

―Solo deseo acostarme…

4

Sueño suave.

Una luz cálida acaricia la cara  de Alejandro. Aquel sueño que ha empezado tras marcharse el técnico quizá se haya visto interrumpido por un fuerte dolor. Tal vez  se despierte ahora y mire por la ventana, puede que vea el dulce tapiz de la hierba en un viejo parque y los tejados cubiertos de pérgolas le indiquen que la primavera se acerca otra vez. Quizá ahora ya no vea su cara  reflejada en el cristal.

 ¡Mejor!

 Puede que no sienta  molestia alguna y que no tenga dificultad para respirar. Tal vez ya no necesite hacerlo y  se gire de forma instintiva para  encontrar  a un viejo médico que ha dejado escapar a su último aliento, como un pájaro libre al fin.

 Está sonando ahora la voz preocupada de Laura, el técnico le ha llamado para avisarle que su padre no estaba bien.

―¡Padre! ¡Padre! Dame entrada por favor.

  Alejandro tal vez hubiera querido responderle, pero quizá haya visto un viejo autobús lleno de recuerdos… ¡Todos sus amigos! Con un conductor muy particular.

    ― ¡ Mariano Díez Expósito!

    ―¡Pase usted Doctor! ¡Que lo voy a llevar al cielo!

 La voz angustiada de Laura suena en la lejanía, Alejandro no puede escucharla pero quizá la intuya y piense… ¡Buen viaje hija!

Tal vez ahora salude y abrace con el alma a cada uno de los viajeros, amigos y compañeros de viaje  que alguna vez  pasaron por su vida.

                                                           5

       ―¡Padre… padre! ― Se escucha casi un chillido. Una mujer que está sentada frente a Alejandro intenta llamar la atención de su padre al que ha visto charlando en el parque con otros ancianos.

 Alejandro se despierta sobresaltado

       ―¡Esta guardia ha sido agotadora! Piensa  ¡Me he quedado dormido en el autobús!

 Están pasando el parque. Entre la hierba han crecido cientos de flores amarillentas y tubulares, es primavera y seguro que estarán llenas de pequeños frutos circundados por vilanos blancos, para darle así, como en un tapiz de diminutas lágrimas de algodón, un aspecto encanecido.

A mis queridos viejos.

Javier Bris Pertíñez

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